Uno de los puntos más delicados de la preparación de una boda y, seguramente de la vida en pareja, es la decisión del régimen matrimonial; cómo distribuir los patrimonios, previos y posteriores al matrimonio. A lo delicado del tema no le favorece lo más mínimo el conjunto de prejuicios, tabúes, miedos e inseguridades varias que rodean las distintas opciones. Sí, habéis leído bien: ¡hay opciones! como si no hubiera bastantes decisiones ya que tomar antes de la boda.

Para empezar vamos a aclarar que esta decisión se limita a tres opciones, que no son ni mucho menos definitivas: ¿gananciales, separación o participación en beneficios? Son tres los regímenes económicos del matrimonio, completamente tasados y regulados. No obstante, al final, el día a día acaba metiéndolos en una batidora y sacando la opción que más acaba acomodando a la pareja. Un poquillo de uno, una pizca del otro y… ¡ya está! tu propio régimen económico está haciendo su trabajo, sin que pienses en él nunca más, tan discreto como funcional.

Si esto es así, ¿por qué tomar esta decisión? aquí suele entrar en juego el primer tabú o prejuicio: “¡para preparar el divorcio!”. Pues no, cabe aclarar que los regímenes económicos matrimoniales, aunque pertenezcan a la esfera privada del matrimonio, tienen una importante repercusión en terceros. Prueba de todo ello es que, para que se entiendan válidamente constituidos, se exige no solo escritura pública, en la que un notario da fe pública, si no que se le ha de dar publicidad a dicha escritura pública inscribiéndola en el Registro Civil. Quede claro que por terceros podemos entender desde acreedores presentes pasados y futuros, a hijos de la pareja, hijos de un matrimonio anterior o posterior, familiares de los dos, etc.

Régimen

Aclarado que es una decisión algo ajena al amor, vamos a pasar a entrar un poco en las opciones y como hacer uso de ellas.

En primer lugar, el régimen económico matrimonial se determina en las capitulaciones matrimoniales, que pueden concretarse antes del matrimonio, en el mismo momento o después. En caso de que no se otorguen capitulaciones matrimoniales se estará a lo establecido en el derecho civil aplicable. En general, en España se fija el de gananciales. No obstante, hay excepciones en el Derecho foral.

Por lo general, cuando me han hecho preguntas sobre el régimen de gananciales, me he topado con que se da por sentado que en este régimen todo es de todos, me temo que esto no es así. La idea de éste régimen es que los patrimonios de la pareja se integren en una sociedad ganancial pero, junto a esta sociedad de gananciales, conviven los distintos patrimonios privativos de la pareja (que pertenecen a uno de los cónyuges exclusivamente). Aunque es el régimen más extendido, también es el peor organizado. Como he comentado al principio, el día a día de la pareja lo tritura y compone una figura distinta por cada pareja.

 

Si hay tres patrimonios: el ganancial, que es común a en la pareja, y el privativo de cada uno de los miembros de la pareja. ¿Cómo se determina cada uno? Aquí me temo que poco podéis decidir, es el Código civil el que determina qué es privativo y qué es ganancial, en concreto en sus artículos 1.346 y 1.347.

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El problema de esta opción es que hay veces que es preciso separar urgentemente el patrimonio conjunto. Sí, otra vez estáis pensando en el divorcio… ¿y si os hablo de un accidente de tráfico superando los límites de velocidad marcados?, ¿una posible negligencia profesional?, etc., etc. Entonces tenemos un problema. Si es tanto jaleo, ¿porqué es el régimen más extendido? sencillo, era la forma más coherente de proteger a la mujer cuando ésta no trabajaba.

Por todo ello, cada vez se habla más de la segunda opción: el régimen de separación de bienes. Puede permitir más juego… podéis pensar: “eso de esto es tuyo y esto es mío va a acabar mal, va a acabar con el cariño, genera desconfianza, etc., etc., etc.”. Vamos a pensarlo un poco: ¿Cuándo erais niños/as el coche, o coches, a nombre de quien estaban? Que exista separación no impide que los bienes se registren a nombre de los dos.

Imaginaros que en la pareja uno de los cónyuges dispone de una profesión estable, sin riesgos, como puede ser la de funcionario. Por otro lado tenemos a la otra parte de la pareja con una profesión “susceptible de generar pleitos”: empresario, arquitecto, médico, un comercial con muchas horas de carretera, etc.  Parece más práctica y “romántica” la confianza tener separación de bienes, compartiendo unos bienes, pero… teniendo la precaución y confianza de dejar la casa y bienes importantes a nombre de la persona cuya profesión es más estable. Ojo con el alzamiento de bienes, ¡este régimen no os da carta blanca para descapitalizar uno de los patrimonios!

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Finalmente… nos queda la última opción: participación en los beneficios. El gran desconocido… su funcionamiento, simplificado, consiste en que los cónyuges gestionarán sus patrimonios como si estuvieran en el régimen de separación de bienes hasta el momento de su disolución. En dicho momento se genera el derecho a participar en las ganancias del patrimonio del otro. Sí, suena lioso y no, no creo que conozcáis a nadie acogido a este régimen.

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Podeis complementar esta información en el siguiente enlace:

Ahora es cuando volvemos a: “No! más decisiones…” tranquilos, al final vais a acabar ajustando a vuestra vida el régimen que elijáis. Para los abogados hay tantos regímenes como parejas. Así que si me pedís un consejo, os diría que lo que debería determinar la elección entre un régimen y los otros es el criterio de si van a trabajar los dos miembros de la pareja o si sólo trabajará uno de ellos. Sencillo, cómodo y objetivo.

Pablo Cruz

Licenciado en Derecho en la Universidad Cardenal Herrera.

Actualmente ejerciendo de abogado en Silva e Sousa y asociados en Madrid.

 

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Pablo Cruz
Licenciado en Derecho en la Universidad Cardenal Herrera.

Actualmente ejerciendo de abogado en Silva e Sousa y asociados en Madrid.
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